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Cuando el debate por el porvenir fagocita las agendas bajo el nombre del transhumanismo, urge escribir sobre lo urbano. Así como el clérigo escribe rabioso sobre lo humano, en un tiempo en que la virtualidad sopapea con la mano abierta resulta preciso volver a lo citadino. A lo urbanita. A lo mundano. Frente al quiebre ontológico producido por una causa que se zafa de la res extensa y se encapricha en el algoritmo, necesitamos escribir sobre la metafísica del semáforo, la verdad del adoquín o el taconeo de las señoritas perfumadas.
«Que diga el futuro» fue el designio al que Roberto Arlt arrojó Los lanzallamas. Era 1931. El amor brujo aparecería al año siguiente. A Arlt le quedaban once años sobre el planeta Tierra. ¿Qué decir de su vida? Nació, vivió, murió. Masotta lo leyó y, como dijo Pauls, no le perdonó nada. Vayamos a la escritura, que es lo que importa.
Con este gesto, robado a Heidegger para darme ínfulas de sapiente, ingreso también en una de las grandes operaciones arltianas. Aspirar a la erudición habilita el robo, porque la alta moral habilita el crimen. El diploma puede ser una ganzúa. Y eso es Arlt. Como escribió Masotta: «O al revés, el bien se alimenta del mal, el bien de la sociedad es un bien putrefacto». La moral de Arlt no nace en las Escrituras: se pare en la urbe. La ciudad, como tacurú pateado o avispero golpeado, produce ese zumbido, esa zona de barullo de conventillo sobre la cual se recorta todo acto, para bien o para mal. Es una ciudad en disputa.
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Arlt imagina una ciudad contemplada desde el futuro. Beatriz Sarlo, al comienzo de «Ciudades y máquinas proféticas», escribe sobre el futurismo de las primeras décadas del siglo XX. Futurista quería ser el edificio, aunque el porvenir también comenzaba en el brillo de una heladera, en el lavarropas de rodillo y manivela o en la ergonomía de la silleta. Palabra futurista si las hay: ergonomía.
Toda innovación comienza injertándose en el núcleo más perdurable de la historia de esos monos que enloquecieron y hablan: la familia. El futuro entra en la casa transmutado en electrodoméstico. La profecía se acomoda yendo de la cama al living. La alquimia de la minipimer vaticina la dominación de la máquina. Me cebo.
La familia de Arlt dista de aquella que el sociólogo fantasea y los psicólogos bautizaron «nuclear», aunque el término vale, al menos, por su equívoco: familia atómica. La que vendrá. La explotada. Por lo pronto, las familias de Arlt son familias de migrantes, hacinadas en conventillos o amontonadas en casas chorizo. En la ciudad que escribe Arlt, señala la Sarlo, «lo nuevo se instala sobre la podredumbre, el hacinamiento y los conventillos»: la «vida puerca» que define su literatura. La familia que vino, se quedó y jamás termina de arrancar. Tampoco de arrancarse de las tierras lejanas.
Son las escenas de El juguete rabioso y Los siete locos, donde sus criaturas escuchan las bondades del progreso de la city mientras respiran el aceite usado por enésima vez. Aceite para sofreír las milanesas o para propiciar el accidente. En Arlt, la cocina y el laboratorio clandestino comparten el olor. El futuro entra por la puerta de servicio.
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En Arlt casi todo es acero, aleación y engranaje. El metal ocupa en su obra el lugar que el monte ocupa en la de Horacio Quiroga. Más que contexto, envoltorio. O el Umwelt de von Uexküll, para seguir robando conceptos hasta que me encierren. El metal crece en la ciudad como los yuyos que brotan en las grietas del asfalto, aunque más trágico, más futuro:
«Un inmenso cañón negro colocó su cónico perfil entre el cielo y la tierra; escupió fuego retrocediendo sobre su cureña, y un silbido largo cruzó la atmósfera como un cilindro de acero».
La letra de Arlt juega con esa quimera: la fantasía de la ciudad se materializa bajo la forma de su gemelo maldito. La ensoñación mecánica del progreso se pliega hasta fabricar máquinas sórdidas. Cada promesa produce su monstruo. Cada puente, su abismo. Cada luz eléctrica, la sombra exacta que necesita para seguir pareciendo luminosa. ¿Y qué me dicen de la inteligencia chata que sugiere profundos tontos? Es una operación perfecta.
Como si en Posadas los numerosos ojos pintados en los murales se desprendieran de las paredes y comenzaran a rodar por las calles, mirándolo todo. Ojos con patas de araña caminando por la calle Bolívar, en onda verde. Hasta que uno de ellos se detenga frente a nosotros.
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La ciudad arltiana alberga una angustia que zumba: avispas que se chocan dentro de una lata. Sobre esa zona de barullo se recorta toda posibilidad de diferenciación. Arlt es un biólogo, cuando menos un psicólogo materialista. Su materia dominante termina siendo el cuerpo humano extendido a la ciudad y, por supuesto, la ciudad en la aspiración del cuerpo humano. La ciudad tiene garganta, sudor, cansancio, humillación y deseo. El cuerpo se vuelve gélido, cónico, metálico.
Arlt escribe:
«Esta zona de angustia era la consecuencia del sufrimiento de los hombres. Y como una nube de gas venenoso se trasladaba pesadamente de un punto a otro, penetrando murallas y atravesando los edificios, sin perder su forma plana y horizontal; angustia de dos dimensiones que guillotinando las gargantas dejaba en éstas un regusto de sollozo».
Topología arltiana: angustia geométrica y comunidad cónica o espiralada. Toda embarullada. Sin cabeza. Para salir de la vida puerca, sus personajes apuntan el cañón hacia los propios. Silvio Astier quiere arrancarse de los suyos. Erdosain busca separarse de su humillación mediante la rosa de cobre, una fábrica de gases y esa ingeniería de la salvación donde la esperanza tiene la consistencia de un metal barato. Cada tentativa de fuga exige una traición.
Es que las máquinas de Arlt disparan por la culata y ese movimiento constituye su forma más precisa de funcionamiento. Se parecen a las caricaturas de Rube Goldberg: mecanismos desmesurados, compuestos por poleas, ruedas, resortes, animales y palancas, puestos en marcha para realizar una acción insignificante. Pero nada nimio. En Arlt, el dispositivo promete algo más ambicioso: salvar a la humanidad. Solo que la salvación forma parte de la máquina del mismo modo que una tuerca. La promesa activa el mecanismo y mantiene sus piezas en movimiento. La salvación es la excusa para la masacre. El ideal son los clavos del cajón del muerto.
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Sin Dios cada ciudad engendra las máquinas con las que pretende expiar sus pecados. Máquinas destinadas a revolucionarla, salvarla o arrancarla de su miseria. Pero esa finalidad no es más que otro engranaje del dispositivo. La salvación lo pone en marcha; la revolución lo mantiene funcionando. El fin coincide con el medio: destituir la ciudad que produjo la máquina y, con ella, los cuerpos que la habitan.
Esa es la fantasía del Astrólogo, en letra de Masotta:
«Cuando el lector cree comprender que el Astrólogo es un auténtico revolucionario y que desea sinceramente un cambio de la sociedad, Arlt lo muestra alegrándose porque la revolución posibilitaría la legalización del crimen, colocándose en una posición exactamente inversa de aquella que acepta pasar por el crimen pero para hacer la revolución, de una ética de la violencia que no rechaza la violencia para alcanzar en la nueva sociedad el momento de la reconciliación del hombre con el hombre».
Cabe entonces preguntarse si Arlt escribía ciencia ficción. O si sus monstruos, simplemente, envejecieron demasiado bien. O si la propia escritura arltiana era ya futurista, como aquellos electrodomésticos de Sarlo, pero destinada a profetizar monstruosidades que en 1930 apenas podían soñarse. Nuestro presente parece darles la razón a sus personajes imaginarios: el inventor endeudado, el iluminado que vende una mentira como programa político, la sociedad secreta, la máquina prometida como salida de una miseria producida por otras máquinas, el crimen presentado como costo transitorio de la salvación. La clase media agujereada...
Cada ciudad escupe los personajes que crearán las máquinas a la altura de su manera de amarse y destruirse. Una represa, un puente, un rascacielos, una costanera o un shopping. Máquinas ambiguas: prometen comunicar mientras separan y fragmentan; pregonan alojar mientras expulsan y vomitan; iluminan mientras controlan y esconden. Cada una materializa una fantasía urbana y fabrica, al mismo tiempo, los cuerpos capaces de habitarla. La salvación produce abismos.
Podría pensarse que Arlt construye una ciudad metálica y futurista para colocar allí aquello que quería decir. La ciudad sería apenas su enunciado, un decorado mecánico delante del cual Erdosain representa su humillación.
Erdosain intenta responderle con otra máquina: la rosa de cobre. El invento promete dinero, separación y futuro. Fama y guita. Una flor metálica para salir de la vida puerca. Fracasada esa máquina, fabrica otra: la conspiración. Después, el crimen. La ciudad, como enunciado, lo aplasta. La única enunciación posible es la fuga. Fracasado el invento, solo quedan el crimen o el suicidio.
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Así, ciudad mezcolanza de cuerpos. Sudorosos, los enfiebra. Angustiados, les promete el ascenso. Esperanzados, los endeuda. Igualados ante la vidriera, los humilla de manera distinta. También les permite desaparecer entre una esquina y otra. Todavía la desaparición no era política de Estado. Les ofrece una multitud donde esconderse y una vidriera donde comprobar que otros poseen aquello que ellos jamás tendrán. Son las mucha herrumbre previas al peronismo. ¿Las querrán así de nuevo los señores?
Caigo en cuenta que la verdad del adoquín está en el zapato que lo pisa y en el callo que se raja. La metafísica del semáforo, en la obediencia del conductor o en la desesperación del transeúnte. El aroma de las señoritas que taconean puede ser la tinta del enamorado o la saliva del acosador. El clérigo tiene todo para escribir sobre lo humano. Arlt escribe sobre lo urbano: aquello que desata, arrastra y empuja a lo humano hasta el borde. Y de vuelta.
El futuro dirá. Pero ya estaba zumbando en la ciudad de Arlt.
Referencias
Arlt, Roberto. Los siete locos. Buenos Aires: Latina, 1929.
Arlt, Roberto. Los lanzallamas. Buenos Aires: Claridad, 1931.
Masotta, Oscar. Sexo y traición en Roberto Arlt. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1965. Pauls, Alan. Alguien que canta en la habitación de al lado. Buenos Aires: Random House, 2023.
Sarlo, Beatriz. «Ciudades y máquinas proféticas», en Escritos sobre literatura argentina. Buenos Aires: Siglo XXI, 2007.


